José Ignacio A. S.
Dame una de términos y un hipernarcisimo alimentario: La Modernidad alimentaria…o ¿posmodernidad –hipermodernidad alimentaria?
Los cambios que se van produciendo dentro del campo de las humanidades y en particular en esta área multidisciplinar del estudio de la alimentación, van paralelos a los periodos en los que ellos suceden; aunque a veces no siguen su misma cronología. Debido a esto, no es de extrañar que términos como “modernidad alimentaria” (J.P Poulain, C. Fishler, S. Mennell, J. Contreras, M. Gracia, C. Díaz Méndez, P. Herrera…) se encuadrasen, apareciesen o se entendiesen dentro del momento histórico de la modernidad o como una consecuencia tardía de ella. Hoy en día es asumido casi por todos que históricamente la modernidad forma parte del pasado, aunque no sus consecuencias y los cambios que a partir de ahí pudiesen haber surgido. Como mínimo, nos encontramos en un periodo-momento histórico de posmodernidad. Incluso algunos autores llegan aún más lejos y ven indicios -razonados y apoyados, tanto en el fin de la segunda fase del consumo, como en el fin del modelo de individualismo narcisista de la época posmoderna, basado este en “un Narciso amante del placer y de las libertades” (G. Lipovetsky/S.Charles:2004, “L’ère du vide”: 1983…)- que les llevan a enunciar que nos podríamos encontrar y haber entrado en una tercera fase del consumo: hiperconsumo. Asentándose esta fase y de una manera muy resumida “en una lógica emotiva y hedonista que hace que se consuma más por el placer que por rivalizar con otros” (Lipovetsky 2004, p.26). De esta manera, sería este tiempo la continuación de la posmodernidad y nos estaríamos adentrando en la era “hiper”: hiperconsumo, hipernarcisimo y todo ello abriendo y dando paso a la hipermodernidad (ibíd.). Momento-tiempo histórico concreto en el que nos encontraríamos ahora.
Según Lipovetsky el hipernarcisimo corresponde a una época dónde el Narciso se tiene a si mismo como un ser “maduro, responsable, organizado y eficaz, adaptable y que rompe así con el Narciso de los años posmodernos” brevemente señalado con anterioridad, (ibíd., p.27) amante del placer y de las libertades, en una sociedad, la posmoderna, que se ha liberado de las costumbres y las tradiciones; provocando ello entre otras consecuencias, la desarticulación del mundo de la familia y las relaciones, y un consumo que produce un sentimiento de eternidad y perpetuidad en una sociedad entregada a la fugacidad y brevedad de las cosas (ibíd.).
A la vez y según el autor, el periodo o era posmoderna pertenece a un momento concreto durante el cual se incrementa la “autonomía individual”, junto con “la destrascendentalización de los principios reguladores sociales” y de “la disolución de la unidad de los modos de vida”…entre otros muchos factores relevantes. Para el autor, tanto la descomposición de las estructuras familiares como la autonomía individual, es lo que produce comportamientos tan opuestos que van desde el control de uno mismo, hasta la ausencia total de voluntad; es decir, un compromiso personal por un lado, pero por otro, disipación y desenfreno. Es el hecho de que el individuo pueda elegir entre aceptar estas responsabilidades o no, entre ser comedidos y dominarse, o por el contrario desmadrarse, es, está esencia del individualismo, lo que forma para Lipovetsky la paradoja de la posmodernidad. (G. Lipovetsky/S.Charles, 2004, p.7-100)
El ejemplo claro de estos comportamientos posmodernos y de la paradoja de la posmodernidad, como bien nos muestra fugazmente el propio autor, aparece en la alimentación.
Exponemos a raíz de lo mencionado que si hoy en día y ya incluso desde hace décadas han desaparecido las obligaciones sociales y preceptos religiosos y han aparecido comportamientos y decisiones tan individualistas como la búsqueda obsesiva de la información de todo lo que comemos a través de las etiquetas, una atención casi patológicamente enfermiza hacia la salud, cuidado y atención al medio-ambiente y al ecosistema, potenciación de los productos locales y filosofía kilómetro cero, movimientos de no consumir grandes marcas ni productos globalizados y aún así vivimos en una sociedad de dietas y elegancia, delgadez y belleza pero a la vez en la sociedad de obesidad, el sobrepeso y enfermedades, y de todo tipos de trastornos de conductas alimentarias…¿no habrá llegado el momento de empezar a pensar -al más puro estilo Lipovetsky- en términos como “posmodernidad alimentaria” o incluso “hipermodernidad alimentaria”?…si los cambios y conductas sociales se producen como consecuencia del momento histórico que nos toco vivir, ¿ no estaremos ante otra gran paradoja -como fue la del ” El (H)Omnívoro” de Claude Fischler- llamada la paradoja alimentaria de la posmodernidad? …. y ¿no estará la aparición constante de productos gourmets y exaltación del sibaritismo en la que vivimos dando paso al hipernarcisimo alimentario.
Ludivine H.
Conflict Kitchen
A Pittsburg aux Etats Unis un lieu hors du commun a ouvert ses portes. Il s’agit de la Conflict Kitchen, un restaurant de plats à emporter qui sert des cuisines des pays avec lesquels les Etats-Unis sont en conflit. Le restaurant change sa carte et le pays représenté tous les six mois et pour l’instant l’Iran, l’Afghanistan et le Venezuela ont été mis à l’honneur.
Autour de quelques plats typiques les gens se retrouvent pour parler de culture et de la vie de tous les jours des habitants de ces pays souvent connus par les Américains seulement à travers ce que les hommes politiques ou les médias leur en disent.
Les spécialités culinaires telles que les kubideh, les bolanis ou les arepas sont enveloppées dans des emballages sur lesquels sont imprimés des interviews d’Iraniens, d’Afghans ou de Vénézuéliens qui vivent aux Etats-Unis ou dans leur pays d’origine sur des sujets allant de la street food à la culture populaire en passant par les questions politiques, ce qui permet aux clients d'avoir une nouvelle vision de cette culture, représentée par ses véritables membres, et non pas une image stéréotypée.
De plus, certaines performances, discussions ou rencontres sont organisées autour de la nourriture pour parler des questions d’actualité, de culture ou de politique, comme les diners Skype organisés en simultané avec des habitants de Téhéran par exemple qui partagent avec les habitants de Pittsburg les mêmes spécialités persanes et discutent en temps réel grâce à Skype, partageant ainsi un moment autour d'un repas alors qu’ils sont à des milliers de kilomètres.
Aborder des questions délicates et faire découvrir des cultures inconnues avec la nourriture comme « moyen d’accès » à cette culture et aux membres d’une communauté est une façon de faire prendre conscience aux gens qu’ils partagent plus qu’ils ne croient et qu’ils peuvent communiquer même s’ils viennent de deux pays en conflit. La nourriture peut être bien plus qu'une réponse à un besoin vital ou même que le plaisir gustatif, elle peut être une façon d'aborder des questions délicates et de partager un moment avec des gens que l'on aurait autrement pas connus, découvrant leur identité culturelle grâce à leur identité culinaire.
Massimo F.
“Was mich nicht umbringt, macht mich stärker.” - Friedrich Nietzsche
Di solito la proposta “andiamo a mangiarci una pizza?” detta al di fuori dei confini italiani verrà accolta con occhiatacce, proteste e, infine, un categorico rifiuto. Parlo per esperienza personale. Eppure penso che ci siano due tappe gastronomiche fondamentali da percorrere quando ci si trova in un paese straniero al proprio.
La prima è ovviamente immergersi nella cultura gastronomica locale assaggiando quelli che sono considerati i piatti caratteristici del luogo. Non uso la parola tradizionale, perché alle volte è possibile che le due cose non siano totalmente allineate sullo stesso piano. Difficilmente un abitante di Barcellona affermerà che la paella è un piatto tipico della sua città, eppure questo non fermerà l’ingente quantità di turisti a domandarla ai ristoratori che, ovviamente, la serviranno senza crearsi troppi problemi. È un po’ il destino degli spaghetti bolognaise (e simili varianti), ovvero quello di essere tradizioni nate di recente e, paradossalmente, aldilà del luogo di origine.
Provato dunque il tipico e/o il tradizionale, ritengo molto interessante operare un secondo passaggio: provare il proprio tradizionale e il proprio tipico, riproposti dai ristoratori esteri. Come mai questa spinta al limite del masochismo? Perché può essere un ottimo indicatore sia di come la nostra cucina viene percepita quotidianamente dagli altri, sia di come essa sia stata modificata per venire incontro al gusto della popolazione locale. Ora non so quanto la “pizza margherita” marocchina, speziatissima e con le olive nere sopra, possa essere considerata una delicatessen locale, però devo dire che è stata un’esperienza. Vedi titolo.
Massimo F.
Smartphood
Una fiera come quella di Alimentaria 2012, tenutasi a fine Marzo a Barcellona, potrebbe non andare a genio a tutti. I palati viziati dai vari “fatto in casa”, “della tradizione”, “da presidio slow food” non si troverebbero totalmente a loro agio in quella che è, di fatto, un’esposizione di grandi nomi della trasformazione industriale del cibo. Alimentaria è sostanzialmente un grande convegno votato alle pubbliche relazioni e al businness to businness, poco amichevole verso il consumatore, sia per il prezzo del biglietto, sia per l’attitudine generale dei responsabili, sempre interessati a sapere se c’era una qualche società alle spalle dell’interlocutore. D’altro canto, però, quello che essa si propone di mostrare è il “nostro pane quotidiano”, cioè quello che si trova nei supermercati e nei nostri frigoriferi.
Mi sono particolarmente divertito a fare caso a come le diverse aziende si presentavano e sono giunto alla conclusione che ci sono principalmente due grandi stili in questo settore. Il primo è quello ultramoderno, luminoso e minimale. Forse la Apple e le aziende di telefonia hanno fatto scuola in questo senso, ma se non si fosse fatto caso allo jamón o al formaggio dietro alle vetrine, le aspettative avrebbero tutte condotto a stare per assistere all’ultimo modello di smartphone. L’altro grande stile è quello del tradizionale, i cui stand con travi di legno e muri di pietra sono come dei casolari sradicati dalle loro campagne e ricollocati all’interno della mastodontica Fira de Barcelona. Sono due stili diversi, con messaggi diversi e, probabilmente, mirati a consumatori diversi. Da un lato c’è la precisione, l’impeccabilità, la pulizia, l’ordine. Dall’altro il sottolineare l’importanza delle proprie radici, l’attaccamento alla tradizione, la rusticità.
Ma stolto è chi pensa che i due stili non siano coniugabili! Subito verrà smentito dal gigantesco stand dell’azienda Casa Tarradellas, vero dominatore del Padiglione 1, dove il maxischermo che trasmette in loop la pubblicità con scene di vita campagnola è affiancato da tre ragazze immagine con tacco 12, e un recinto di vero grano, piantato su una base luminosa di candido neon, circonda l’intera area.
Massimo F.
L’eterna lotta tra il male e il peggio
Durante la mia permanenza in terra iberica, ho assistito a un amichevole dibattito riguardo il banco degli alimenti di Barcellona. Per chi non lo sapesse, i banchi degli alimenti sono organizzazioni no-profit che si propongono come intermediarie tra le aziende legate al settore alimentare (siano esse produttrici o distributrici) e altre no-profit di assistenza sociale e solidarietà. Tutti i prodotti invenduti o invendibili per ragioni di mero mercato, e non per la loro non commestibilità, vengono acquisiti gratuitamente e redistribuiti a chi ne ha bisogno. Il nocciolo della discussione era il seguente: l’attività di queste associazioni è veramente benefica? L’argomentazione dei detrattori del banco degli alimenti era che essi, di fatto, non fanno passi avanti per cambiare un sistema nel quale gli sprechi sono all’ordine del giorno. Non risolvono un problema alla radice, insomma, ma tentano di contenere i danni. Inoltre, secondo punto dell’invettiva, incentivano la distribuzione e la pubblicità indiretta delle grandi industrie, senza sensibilizzare l’interessato verso una dieta più salubre.
Cosa è preferibile: mantenere un’attività che fa del bene concreto ma che non infrange la stasi di una società con tutte le sue problematiche annesse, o rifiutare il vantaggio immediato in vista di una lotta intransigente verso un “futuro migliore”? Dirò la mia: credo che l’esistenza di istituzioni come i banchi degli alimenti porti più vantaggi che svantaggi. Innanzitutto, non credo costituiscano un ostacolo per la costruzione di una società migliore. Non modificano uno status quo, certo, ma sono i primi a sottolineare con il loro operato le falle di un sistema di distribuzione come il nostro, ovviando a esse nella maniera più immediata. Penso che la spinta idealistica di miglioramento non debba partire da loro e, comunque, possa tranquillamente proseguire parallelamente alla loro attività. Poi ci si può anche addentrare nel discorso se un mondo migliore, privo di qualsivoglia stortura e dove non sarà necessaria l’esistenza di associazioni come i banchi degli alimenti, sia veramente possibile. Non lo farò, per evitare di apparire come uno di quelli del bicchiere mezzo vuoto.