Una antigua compañera del master, a la que se le echa mucho en falta, escribió un bellísimo artículo titulado: “Como você aprendeu a cocinar? Reflexoes sobre a trasmissao intergeracional do conhecimiento culinário entre mulheres” (Medeiros, Michelle: 2010), en el que cita una canción de Mercedes Sosa que dice así:
“Las manos de mi madre/ Son como pájaros en el aire/ Historias de cocina/ Entre sus alas heridas/ De hambre./ Las manos de mi madre/ Saben que ocurre/ Por las mañanas/ Cuando amasa la vida/ Hornos de barro/ Pan de esperanza./ Las manos de mi madre/ Llegan al patio desde temprano/ Todo se vuelve fiesta/ Cuando ellas vuelan/ Junto a otros pájaros/ Junto a los pájaros/ Que aman la vida/ Y la construyen con el trabajo/ Arde la leña, harina y barro/ Lo cotidiano/ Se vuelve mágico./ Las manos de mi madre/ Me representan un cielo abierto/ Y un recuerdo añorado/ Trapos calientes en los inviernos./ Ellas se brindan cálidas/ Nobles, sinceras, limpias de todo/ ¿cómo serán las manos/ Del que las mueve/ Gracias al odio?”
Las protagonistas del texto de Michelle, al igual que en la canción de Mercedes Sosa, son las madres y las hijas, las mujeres, como portadoras, transmisoras y receptoras del saber culinario [1]. Sin embargo, a lo largo de las sesiones que hemos venido teniendo se ha hecho continua referencia a los cocineros hombres. Desde la Antigüedad, hasta nuestros días. El androcentrismo ha llegado hasta uno de los lugares en que la ideología, sin usar eufemismos, machista, ha recluido a la mujer: la cocina. Pero claro, todo depende de qué estemos hablando, ¿del trabajo diario, monótono, solitario, y poco o nada valorizado fuera del núcleo familiar, en los casos en que la costumbre y la rutina no hacen que tampoco se valore especialmente por los miembros de la familia?, o ¿de la cocina que deviene Arte?
La razón de la continua alusión a figuras masculinas no creo que sea capricho o elección de nuestros profesores, sino fruto del devenir histórico. Las fuentes revelan no sólo los hechos, sino también los nombres, pero curiosamente casi siempre olvidan a la otra mitad. Pese a que a lo largo de la Historia, y sin necesidad de hacer un estudio, seguro que ha habido más dedicación a la cocina por parte de mujeres que de hombres, y la sigue habiendo. Esto parece remitirnos a aquella regla de la gramática española que sigue vigente, al menos en la práctica: si hay un hombre y muchas mujeres se habla en masculino. En mi opinión es lo que ha pasado con la Historia de la Alimentación, muchas mujeres y algún hombre, pero sólo se hace referencia a ellos.
El espacio doméstico, interno, y sin voz ha sido siempre el femenino, y el externo, y ruidoso el masculino. El tan escuchado ¡no hay mejor puchero que el de mi madre! quizás también lo decían los campesinos de la Edad Media o los comerciantes de la Edad Moderna, pero sus voces fueron silenciadas, el tiempo las volvió mudas, y el buen hacer culinario de sus madres nunca llegó a nuestros oídos con nombres y apellidos.Hoy en día a la cocina de todos los días, la que consume en casa y que es sin duda la más importante, al menos en número de ingestas y para la gran mayoría, se le llama “de la abuela”, que en los últimos tiempos se utiliza como sinónimo de tradición, es decir, aquello que se transmite de generación en generación, y en este caso, de madres a hijas.La creatividad parece no tener cabida en esta cocina, puesto que se piensa que la mujer que cocine podrá tener más o menos mano, pero hace lo mismo que la vecina. Eso sí, con ese toque tan especial que sólo se encuentra en casa, ya cocine la abuela, la madre o la esposa, y que puede incluso causar rivalidad entre ellas con el fin de ganarse los elogios de la familia. Paulatinamente, aunque con intereses diversos, primando en numerosas ocasiones los comerciales, se le está otorgando suma importancia. La “cocina de la abuela”, adquiere un carácter de referencia en un ámbito alimentario y culinario que cambia a pasos agigantados: proliferación de lo que Fischler (1995) denomina “objetos comestibles no identificados”, técnicas marcianas: sferificación, deconstrucción, gelificación, liofilización… y resultados que, a veces, parecen ser de todo menos comestibles. En este contexto “lo de siempre”, lo tradicional, resulta si no mejor, al menos conocido.
Si dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, se debería recordar que detrás de un gran cocinero siempre hay millones de grandes cocineras, que cocinan día tras día y durante casi toda la vida, algunas por devoción, y la mayoría por obligación. Habida cuenta de que los grandes chefs actuales, al igual que los del pasado, tienen como base el legado que dejaron sus colegas pero también el de todas estas mujeres anónimas. Cocina de casa, transmitida de madres a hijas, en la que la creatividad, aquella facultad que se reserva al ámbito intelectual, era y es el pan de cada día, puesto que sin ella no se hubieran podido hacer platos tan variados y sabrosos, muchas veces con muy poco o ingredientes muy sencillos, casi nunca con el recetario en mano, y en circunstancias muy distintas.
[1] Al decir de Contreras (1999), los cambios sociales acontecidos desde mediados del siglo XX han provocado transformaciones en el comportamiento alimentario, al menos en España. Entre otras muchas que enumera en el texto, alude a “una importante ruptura en el aprendizaje culinario y alimentario por parte de las jóvenes” (Idem: 32). He querido citar la frase para recalcar la condición femenina de aquellas que aprendían a cocinar.
- Contreras, J., “Cambios sociales y cambios en los comportamientos alimentarios en la España de la segunda mitad del siglo XX”, Anuario de Psicología 1999, vol. 30, nº 2, 25-42, Facultad de Psicología, Universidad de Barcelona.
- Fischler, C., El (H) Omnívoro. El gusto, la cocina y el cuerpo, Anagrama, Barcelona,
- Medeiros, M., “Como você aprendeu a cocinar? Reflexões sobre a transmissão intergeracional do conhecimento culinário entre mulheres. En:Congresso Internacional de Pesquisa (auto)Biográfica, 4, 2010, São Paulo.